domingo, 18 de noviembre de 2012

Las representaciones de la Trinidad


La amiga Marta, lectora de Sursum Corda me envió por mail una imagen de la Trinidad. Al abrir el adjunto recordé que tenía escrito un borrador sobre la cuestión de la representación de Dios Padre en la iconografía católica. En parte, la presente reflexión fue consecuencia de la lectura del hermoso libro de Paul Evdokimov “El arte del ícono”. La primera vez que traté el tema fue en una mesa redonda celebrada hace poco más de un año en la Facultad de Filosofía y Letras. No pretendo ahora desarrollar los argumentos que en aquel entonces postulé, sino atender a algo que me choca bastante en las representaciones de la Santísima Trinidad.
El dogma de la Trinidad es básico y muy simple, todos lo sabemos, lo conocemos y lo repetimos con el Credo. Ahora bien, también todos sabemos, conocemos y repetimos que se hay millares de páginas escritas sobre éste hermoso Misterio. Mi hermano Pablo (de doce años) me dijo una vez mientras leía a Garrigou-Lagrange que Dios se manifiesta de formas muy simples a los hombres, pero que los teólogos tienen la costumbre de volver difícil lo que es simple. Convengamos que el niño tiene razón, y el Misterio de la Trinidad es un tópico en el obscurantismo de los teólogos. Desde San Agustín hasta Garrigou muchos han intentado dar una acabada explicación sobre la Trinidad, la consubstancialidad, indivisibilidad e inconfundibilidad de las hipóstasis. Y es que el misterio de la Trinidad es incomprensible para la inteligencia humana, destruída tras la caída de los primeros padres.
Durante mil quinientos años, la única representación de Dios Padre era una mano que bajaba de las nubes. La pictórica humanista, en cambio dio inicio a las representaciones de Dios Padre como la de un anciano con cabellos blancos, representado muchas veces junto a Cristo, como un niño o un joven y finalmente, al Espíritu Santo como una Paloma. Estas tres imágenes representarían la Trinidad. Entre los orientales también surgió la idea de presentar a la trinidad, aún cuando la tradición de la Iglesia Oriental (desde sus orígenes) los tenía prohibido. El ejemplo más claro es el del icono de Novgorod. Allí vemos a Dios Padre como un anciano, a Dios Hijo como un niño en el regazo de aquel y finalmente a Dios Espíritu Santo como una paloma entre las manos del Niño. El mismo ícono se encuentra, occidentalizado en varias Iglesias Latinas, en algunas el Padre se muestra como un rey medioeval y en otras ciñe la Corona Imperial. Siempre el Espíritu Santo aparece, o bien entre las manos del Niño, o bien sobre la cabeza del Padre.
¿Cuál es mi objeción? Estas representaciones de la Trinidad introducen en la temporalidad en la naturaleza de Dios, por lo tanto destruyen la unión hipostática. ¿Por qué? Porque muestran una mudabilidad, una transformación y una diferencia entre los miembros de la Trinidad. Si el Padre es un anciano y el Hijo un niño, implica que uno fue anterior al otro, que uno fue creado y por lo tanto no tienen la misma naturaleza. ¿Acaso el Logos puede sufrir el accidente del tiempo? ¿Acaso no estamos obligados a creer que el Logos no fue creado, sino engendrado? En los primeros siglos se había propuesto a los catecúmenos la siguiente fórmula:


[…] porque el Verbo se hizo carne [Ioh. 1, 14], no sufriendo cambio o transformando su divinidad en humanidad, sino juntando en una sola su santa perfección y divinidad; porque uno solo es el Señor Jesucristo y no dos; el mismo es Dios, el mismo es Señor, el mismo es rey; que padeció el mismo en su carne y resucitó y subió a los cielos en su mismo cuerpo, que se sentó gloriosamente a la diestra del Padre, que ha de venir con el mismo cuerpo, con gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino no tendrá fin; y creemos en el Espíritu Santo, el que habló en la Ley y anunció en los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los Santos; y así creemos en Él, que es Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador, increado, que procede del Padre y recibe del Hijo y es creído.


El Dios Hijo por lo tanto no puede ser afectado por el Tiempo. Dios no tiene principio ni fin, Él es el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega. Una representación de la Trinidad que introduce el accidente del tiempo destruye la Eternidad de Dios, porque Dios es el creador de todo: de la materia, pero también del tiempo, antes de Dios no había nada, porque no había tampoco un antes, y la lógica de la Eternidad de Dios consiste, precisamente que para él, los conceptos de antes o después, de pasado o futuro son inaplicables, porque es Eterno. ¿Cómo es el Padre? Nadie lo sabe, Dios se manifestó hecho carne en el Hijo ¿Cómo es en la Eternidad? No se sabe. El Espíritu Santo tomó la forma de una paloma durante el Bautismo, representación de la Trinidad y de la Unión del Dios Trino. Pero también como lenguas de fuego durante el Pentecostés, se manifestó el Espíritu Santo. Como es el Espíritu Santo en la Eternidad no lo sabemos.
Si bien la Iglesia jamás ha prohibido las representaciones del Padre, considero que las mismas pueden, cuando introducen la cuestión de la temporalidad, generar confusión entre los fieles y por lo tanto, deberían evitarse.

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